David Copperfield

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Le pregunté al señor Spenlow qué clase de asuntos le parecían más interesantes en nuestra profesión. Me respondió que un buen proceso entablado a causa de un testamento, en el que estuviera en juego una pequeña fortuna de treinta o cuarenta mil libras, era quizá lo mejor de todo. Los casos así no sólo reportaban muy buenas ganancias, gracias a los alegatos en las distintas fases del pleito y a las montañas de declaraciones a lo largo de los interrogatorios y de los contrainterrogatorios (por no hablar de la apelación, primero a los delegados y después a los lores); sino que también, al tener la seguridad de que las costas acabarían descontándose de la herencia, ninguna de las dos partes se amilanaba, ni reparaba en gastos. Entonces se lanzó a hacer un panegírico general de los Commons. Su característica más admirable era la solidez, afirmó. Se trataba del lugar mejor organizado del mundo. Era la encarnación del bienestar. Eso lo decía todo. Por ejemplo, usted entabla un caso de divorcio o de indemnización en el Consistorio. ¡Bien! Su caso se juzga en este tribunal. Juega usted una pequeña partida de cartas, con toda tranquilidad, como si estuviera en familia. Supongamos que no queda satisfecho con la sentencia, ¿qué puede hacer? Recurre al Tribunal de los Arcos. ¿Y qué son los Arcos? Pues el mismo tribunal, en la misma sala, con el mismo cuerpo de abogados… pero con otro juez, pues el juez del Consistorio puede comparecer allí como abogado cuando lo desee. Ahora bien, usted ha vuelto a jugar y tampoco está de acuerdo con el resultado. ¿Cuál es el siguiente paso? Pues dirigirse a los delegados. ¿Quiénes son éstos? Los delegados eclesiásticos son los abogados que han asistido como espectadores a las pequeñas partidas que se han jugado en las otras dos salas, que han visto cómo se barajaban y cortaban las cartas, que han hablado con todos los jugadores… y que ahora se presentan como jueces, frescos y lozanos, ¡a fin de encontrar una solución que agrade a todos! Los descontentos podrán hablar de la corrupción de los Commons, de su aislamiento y de su necesidad de reforma –concluyó gravemente el señor Spenlow–, pero cuanto más sube el precio del trigo, más trabajo tienen los Commons; y podría gritarse al mundo entero, sin temor a mentir: «Tocad los Commons y el país se vendrá abajo».


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