David Copperfield
David Copperfield Escuché todo esto con mucha atención; y, aunque debo reconocer que no estaba nada convencido de que el país tuviera tanto que agradecer a los Commons como decía el señor Spenlow, me mostré respetuosamente de acuerdo con él. En cuanto al precio del trigo, era un asunto que me sobrepasaba de tal modo que lo di por zanjado. Y es algo que todavía hoy no he logrado comprender, y que, a lo largo de mi vida, ha reaparecido una y otra vez y me ha anonadado, ya fuera relacionado con un asunto o con otro. No sé exactamente qué tiene que ver esa cuestión conmigo, o qué derecho tiene a aplastarme en las circunstancias más variadas; pero, siempre que alguien saca el tema a colación, doy la batalla por perdida.
Pero esto es una digresión. Desde luego, no sería yo quien tocara los Commons y arruinara el país. Expresé respetuosamente, a través de mi silencio, mi conformidad con las palabras de mi superior, tanto en años como en conocimientos; y hablamos de El extranjero, de teatro y de los dos caballos, hasta que nos detuvimos frente a la verja del señor Spenlow.
Un hermoso jardín rodeaba la casa y, a pesar de que no era la mejor época del año para verlo, estaba tan bien cuidado que me encantó. Tenía un bonito césped, grupos de árboles y unos senderos que entreveía en la oscuridad, cubiertos con pérgolas, por las que trepaban los arbustos y las flores al llegar la primavera.