David Copperfield
David Copperfield «¡Oh, Cielos! La señorita Spenlow debe de pasear sola por aquû, pensé.
Nos dirigimos a la casa, alegremente iluminada, y entramos en un vestÃbulo donde habÃa toda clase de sombreros, gorras, sobretodos, mantas escocesas, guantes, látigos y bastones.
–¿Dónde está la señorita Dora? –preguntó el señor Spenlow al criado.
«¡Dora! –pensé–. ¡Qué hermoso nombre!»
Pasamos a una habitación contigua (creo que era la famosa salita donde el viejo escribiente habÃa bebido el licor oscuro de las Indias Orientales) y oà una voz que decÃa:
–Señor Copperfield, le presento a mi hija Dora y a su dama de compañÃa.
No hay duda de que era la voz del señor Spenlow, pero yo no la reconocÃ, y además me resultaba indiferente. Todo habÃa ocurrido en un instante. Mi destino se habÃa cumplido. Era un cautivo y un esclavo. ¡Amaba a Dora Spenlow con locura!
Ella me pareció un ser sobrenatural. Un hada, una sÃlfide, no se qué… la encarnación de lo que nadie habÃa visto y todo el mundo deseaba. En un abrir y cerrar de ojos me vi hundido en un abismo de amor. No pude detenerme en su borde; ni mirar hacia abajo, ni mirar atrás; caà de cabeza antes de poder decirle una sola palabra.