David Copperfield
David Copperfield –Ya conozco al señor Copperfield –exclamó una voz que yo recordaba muy bien, mientras me inclinaba y trataba de balbucir algo.
La que hablaba no era Dora. No; era su dama de compañÃa: ¡la señorita Murdstone!
No creo que me sorprendiera mucho. Según mi leal saber y entender, habÃa perdido la capacidad de asombro. En el mundo material, lo único que podÃa maravillarme era Dora Spenlow.
–¿Cómo está, señorita Murdstone? –inquirÖ. Espero que se encuentre bien.
–Asà es –contestó.
–¿Y cómo está el señor Murdstone? –añadÃ.
–Mi hermano goza de buena salud, gracias.
El señor Spenlow pareció extrañarse de que nos hubiéramos visto antes.
–Me alegra comprobar, señor Copperfield –dijo–, que usted y la señorita Murdstone sean amigos.
–El señor Copperfield y yo –puntualizó la señorita Murdstone, con su acostumbrada calma y severidad– somos parientes. Pero apenas nos hemos visto antes; sólo cuando él era niño. Las circunstancias nos han separado desde entonces. Ni siquiera lo habrÃa reconocido.
Respondà que yo la habrÃa reconocido en cualquier parte. Y no mentÃa.