David Copperfield
David Copperfield –La señorita Murdstone ha tenido la bondad –señaló el señor Spenlow– de aceptar el puesto (si puede llamarse asÃ) de dama de compañÃa de mi hija. Como Dora, por desgracia, no tiene madre, la señorita Murdstone se ha prestado amablemente a ser su amiga y protectora.
Tuve el pensamiento fugaz de que la señorita Murdstone, al igual que esas armas de bolsillo llamadas cachiporras, parecÃa mucho más capacitada para el ataque que para la defensa. Pero, como todas las ideas que pasaban por mi cabeza eran pasajeras, excepto si guardaban relación con Dora, me apresuré a mirar a ésta; y estaba empezando a comprender, por su expresión adorablemente irritada, que no se sentÃa inclinada a hacer demasiadas confidencias a su amiga y protectora, cuando sonó una campanilla. El señor Spenlow me explicó que era la primera llamada para la cena, y me acompañó fuera de la sala para que me cambiara.
En mi estado de enamoramiento, la idea de vestirme de etiqueta o de realizar cualquier otra acción resultaba demasiado ridÃcula. Lo único que podÃa hacer era sentarme junto a la chimenea, mordisquear la llave de mi maleta y pensar en los brillantes ojos de la joven, encantadora y hermosa Dora. ¡Qué figura! ¡Qué rostro! ¡Qué modales tan delicados, espontáneos y cautivadores!