David Copperfield
David Copperfield La campanilla volvió a sonar tan pronto que, en lugar de acicalarme con esmero, como me habría gustado en aquellas circunstancias, me vi obligado a vestirme a toda prisa. Bajé las escaleras. En el comedor había algunos invitados. Dora conversaba con un anciano de pelo gris. A pesar de sus canas… y de que ya era bisabuelo, según afirmó, creí enloquecer de celos.
¡Vaya un estado el mío! Tenía celos de todo el mundo. No podía soportar que nadie conociera al señor Spenlow mejor que yo. Era una tortura para mí oír contar anécdotas en las que yo no había intervenido. Cuando un caballero muy amable, y de calva brillante, me preguntó, desde el otro lado de la mesa, si aquella era la primera vez que visitaba Norwood, habría sido capaz de descargar sobre él la peor de las venganzas.
No recuerdo a ninguno de los comensales, excepto a Dora. No tengo la menor idea de lo que comimos, sólo Dora. Tengo la sensación de que mi único alimento fue Dora, y de que el criado me quitó media docena de platos que ni siquiera había probado. Me sentaron a su lado. Hablé con ella. Tenía la voz más dulce, la risa más alegre, los modales más agradables y fascinantes que jamás hayan logrado reducir a un pobre joven a una esclavitud sin esperanzas. Todo en ella era diminuto; y eso la haría más preciosa a mis ojos.

Caigo cautivo