David Copperfield
David Copperfield Cuando salió del comedor en compañía de la señorita Murdstone (pues eran las únicas damas), me sumí en una especie de ensueño, sólo turbado por la cruel inquietud de que la señorita Murdstone le hablara mal de mí. El amable caballero de la calva brillante me contó una larga historia, que creo que guardaba relación con la jardinería. Tengo la impresión de haberle oído decir en varias ocasiones: «mi jardinero». Yo fingía escucharlo con la mayor atención, pero, mientras tanto, recorría con Dora el jardín del Edén.
El temor a ser calumniado ante el objeto de mi apasionado amor se avivó cuando entramos en el salón, por culpa del aspecto ceñudo y reservado de la señorita Murdstone. Pero mis miedos desapareciron del modo más inesperado.
–David Copperfield –dijo la señorita Murdstone, haciéndome señas para que me acercara con ella a una ventana–. Unas palabras…
Me encontré solo ante la señorita Murdstone.
–David Copperfield –prosiguió–. No es necesario que me extienda sobre nuestras circunstancias familiares. No es un asunto demasiado agradable.
–Lejos de eso, señora –respondí.