David Copperfield
David Copperfield Lo único que sé del resto de la velada es que oí cantar en francés a la reina de mi corazón, que acompañaba sus hermosas baladas con un glorioso instrumento que debía de ser una guitarra; sus letras parecían indicar que, pasara lo que pasara, siempre teníamos que bailar… tralalá, tralalá. Que me sumí en un delirio de felicidad. Que rehusé todas las bebidas que me ofrecieron. Que sentí especial repugnancia por el ponche. Que, cuando la señorita Murdstone la tomó bajo su custodia y se retiró con ella, la joven me sonrió y me dio su encantadora mano. Que vi mi imagen reflejada en el espejo y tenía el aspecto de un perfecto imbécil. Que me acosté de lo más lacrimoso, y me levanté dominado por una lánguida pasión.
Hacía una hermosa mañana, era temprano y decidí salir a pasear bajo las bonitas pérgolas de los senderos, mientras daba rienda suelta a mi amor pensando en Dora. Cuando cruzaba el vestíbulo, me encontré con su perrito, al que llamaban Jip, diminutivo de Gipsy. Me acerqué cariñosamente, pues mi amor se había hecho extensible a él; pero me enseñó todos los dientes, se metió debajo de una silla expresamente para gruñir y no quiso aceptar la menor familiaridad.