David Copperfield

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–Pero no es necesario –agregó la señorita Murdstone– que esas opiniones entren ahora en conflicto. En las actuales circunstancias, es mejor para todos que eso no ocurra. Puesto que el destino ha vuelto a reunirnos, y quizá lo haga de nuevo, sugiero que nos tratemos como parientes lejanos. Las circunstancias familiares son motivo más que suficiente para que actuemos así, y es de todo punto innecesario que ninguno de los dos ponga al otro en evidencia.

–Señorita Murdstone –respondí–, creo que usted y el señor Murdstone fueron muy crueles conmigo y trataron con enorme dureza a mi madre. Es algo que pensaré mientras viva. Pero estoy de acuerdo con su propuesta.

La señorita Murdstone cerró los ojos de nuevo e inclinó la cabeza. Después de rozar la palma de mi mano con la punta de sus dedos, rígidos y helados, se alejó de la ventana arreglándose las pequeñas cadenas que adornaban sus muñecas y su cuello; y éstas parecían ser las mismas, y seguir exactamente en el mismo estado que la última vez que la vi. Y, dado el carácter de la señorita Murdstone, no pudieron sino recordarme a las cadenas de la puerta de una cárcel, que muestran a quienes las ven desde fuera lo que les espera en su interior.


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