David Copperfield
David Copperfield –Es tan aburrido quedarse en casa –replicó ella–, y la señorita Murdstone ¡es tan ridÃcula! Dice unas tonterÃas… Según ella, no debo salir al jardÃn hasta que no se haya aireado el dÃa. ¡Aireado el dÃa! –y rompió a reÃr del modo más melodioso–. Los domingos por la mañana, cuando no toco el piano, tengo que hacer algo… Asà que ayer por la noche le dije a papá que tenÃa que salir. Además, es la hora más luminosa del dÃa, ¿no cree usted?
Me atrevà a insinuar con valentÃa (aunque no sin ciertos balbuceos) que me parecÃa sumamente luminosa, aunque tan sólo unos instantes antes fuera negra como la noche.
–¿Se trata de un cumplido? –preguntó Dora–. ¿O es que el tiempo ha cambiado de verdad?
Le contesté, balbuceando más que antes, que no era ningún cumplido sino la pura verdad, a pesar de que no habÃa advertido el menor cambio en el tiempo. El cambio se habÃa producido únicamente en mis sentimientos, añadà cohibido, concluyendo asà mi explicación.
Jamás habÃa visto unos rizos como los que ella sacudió para ocultar su rubor… ¿Y cómo habrÃa podido verlos si no existÃan otros equiparables? En cuanto al sombrero de paja y a las cintas azules que los coronaban, si hubiera podido colgarlos en mi habitación de Buckingham Street, ¡qué tesoro tan inestimable habrÃan constituido para mÃ!