David Copperfield
David Copperfield –No tiene usted mucha amistad con la señorita Murdstone, ¿verdad? –quiso saber Dora–. ¡Tesoro mÃo!
Estas dos últimas palabras se dirigÃan al perro. ¡Ay, si me las hubiera dedicado a mÃ!
–No –respondÖ. Ninguna.
–¡Qué mujer tan insoportable! –exclamó la joven–. No entiendo en qué pensaba papá al elegir a una criatura tan irritante como señorita de compañÃa. ¿Y quién necesita protección? Estoy seguro de que yo no. Jip puede protegerme mucho mejor que la señorita Murdstone, ¿verdad que sÃ, mi querido Jip?
Éste se limitó a entornar perezosamente los ojos cuando Dora le besó la bola que tenÃa por cabeza.
–Papá la llama mi mejor amiga, pero evidentemente no lo es, ¿verdad, Jip? Mi perrito y yo no confiaremos nuestros secretos a una persona tan desagradable. Depositaremos nuestra confianza en quien nos plazca y buscaremos nuestros propios amigos, ¿no es cierto, Jip?
El pequeño can emitió un ruidito de satisfacción, similar al silbido de una tetera cuando hierve. En cuanto a mÃ, cada palabra de Dora era una nuevo eslabón en la cadena que se sumaba a los que ya me aprisionaban.