David Copperfield
David Copperfield –Es injusto que, por no tener una bondadosa mamá, nos veamos obligados a aguantar a una vieja solterona, triste y malhumorada, como la señorita Murdstone, siempre pisándonos los talones, ¿verdad, Jip? Pero no importa. No le contaremos nada, y seremos todo lo felices que podamos, a pesar de ella; y la haremos rabiar, y no seremos amables con ella… ¿estás de acuerdo, Jip?
Si ese diálogo hubiera durado más tiempo, creo que no habrÃa podido evitar caer de rodillas en la grava, con muchas posibilidades de llenarme de rasguños y de ser expulsado inmediatamente de la casa. Pero, por suerte, el invernadero no estaba lejos, y llegamos en aquel preciso momento.
En su interior habÃa una verdadera exhibición de hermosos geranios. Caminamos lentamente junto a ellos; y Dora se detenÃa a menudo para admirar uno u otro, mientras yo admiraba siempre el mismo. Dora, con gesto infantil, sostenÃa al perro en sus brazos, riendo, a fin de que olfateara las flores. Si no estábamos los tres en el paÃs de las hadas, yo por mi parte sà lo estaba. TodavÃa me sorprende, medio en serio medio en broma, el efecto que obra en mà el olor de una hoja de geranio; veo entonces un sombrero de paja y unas cintas azules, una profusión de rizos y un pequeño perro negro que dos gráciles brazos sostienen en alto, junto a un montón de flores y de hojas brillantes.