David Copperfield
David Copperfield La señorita Murdstone nos había estado buscando. Nos encontró allí; y le ofreció a Dora su desagradable mejilla y sus pequeñas arrugas llenas de polvos de arroz para que las besara. Luego cogió del brazo a su protegida y nos acompañó a desayunar, como si nos dirigiéramos al funeral de un soldado.
No sabría decir cuántas tazas de té tomé, únicamente porque Dora lo había preparado. Pero recuerdo que lo bebí en grandes cantidades, hasta que mi sistema nervioso, si es que lo tenía por aquel entonces, se vino abajo. Poco después fuimos a la iglesia. La señorita Murdstone se sentó entre los dos; pero oí cantar a Dora y el resto de los feligreses desaparecieron. Hubo un sermón –sobre Dora, por supuesto– y mucho me temo que no sé nada más de aquel oficio religioso.
Pasamos un día muy tranquilo. No hubo visitas, dimos un paseo, comimos los cuatro en familia y pasamos la velada admirando libros y grabados; la señorita Murdstone, con una homilía delante, no nos quitó el ojo de encima. ¡Ay! ¡Qué poco imaginaba el señor Spenlow, al que tuve sentado enfrente después de la cena, cubriéndose la cabeza con un pañuelo, con qué devoción le abrazaba en mi imaginación como si fuera su yerno! ¡Qué lejos estaba de pensar, cuando me despedí de él aquella noche, que acababa de dar su consentimiento a mi compromiso con Dora! Y yo no podía sino pedir a Dios que derramara bendiciones sobre su cabeza.