David Copperfield
David Copperfield Nos marchamos al dÃa siguiente muy temprano, pues tenÃamos que juzgar un caso en el Tribunal del Almirantazgo, que requerÃa un conocimiento bastante preciso del arte de la navegación, para lo que el juez (como no podÃa esperarse que en los Commons fuéramos demasiado expertos en la materia) habÃa rogado a dos viejas autoridades de Trinity House[54] que acudieran por caridad a ayudarle. Dora estaba, sin embargo, en la mesa del desayuno, preparándonos de nuevo el té; y tuve el melancólico placer de decirle adiós desde el faetón, quitándome el sombrero, mientras ella estaba en el umbral de la puerta con Jip en sus brazos.
No haré inútiles esfuerzos por describir lo que el Almirantazgo significó para mà ese dÃa; las tonterÃas que se me pasaron por la cabeza mientras escuchaba a los demás; cómo vi el nombre de DORA grabado en el remo de plata que colocaron encima de la mesa, a modo de emblema de aquella elevada jurisdicción; y lo mal que me sentà cuando el señor Spenlow se marchó a su casa sin mà (habÃa abrigado la loca esperanza de que volviera a llevarme con él), como un marinero al que su barco hubiera abandonado en una isla desierta. Si aquel viejo y somnoliento tribunal pudiera despertar y presentar de forma visible todos los sueños que en él yo habÃa tenido despierto, pensando en Dora, sólo entonces se conocerÃa mi verdad.