David Copperfield

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La señora Crupp debía de ser una mujer muy perspicaz; pues llevaba apenas unas semanas enamorado, y lo único que había tenido el valor de escribirle a Agnes era que había estado en casa del señor Spenlow, «cuya familia se componía de una sola hija»… Como iba diciendo, la señora Crupp debía de ser una mujer muy perspicaz, porque, ya en esos primeros días, lo descubrió. Subió a verme una tarde en que yo estaba muy abatido para pedirme (puesto que sufría espasmos) un poco de tintura de cardamomo mezclada con ruibarbo y aromatizada con siete gotas de esencia de clavo, que era el mejor medicamento para su dolencia; o, si no disponía de semejante remedio, un poco de coñac, que tampoco le sentaba mal. Esto último no le gustaba tanto, según declaró, pero era lo más indicado después del fármaco que había venido a buscar. Como jamás había oído hablar de este preparado, y siempre tenía un poco de coñac en la alacena, le serví un vaso, y ella empezó a beberlo en mi presencia, para que no me cupiera la menor duda del buen uso que hacía de él.

–Anímese, señor –dijo–, no puedo soportar verle en ese estado; recuerde que yo también soy madre.

No entendí qué relación guardaba eso conmigo, pero sonreí a mi casera con toda la afabilidad que pude.

–¡Vamos, señor! –insistió–. Disculpe, pero sé lo que le ocurre. Hay una joven dama de por medio.

–¡Señora Crupp! –exclamé, ruborizándome.


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