David Copperfield
David Copperfield –¡Válgame Dios! ¡No se desanime, señor! –prosiguió, alentándome con la cabeza–. ¡No se rinda! Si ella no le sonrÃe, ya le sonreirán muchas otras. Es usted un joven caballero que merece que le sonrÃan, señor Copperfull, y debe usted saber lo que vale, señor.
La señora Crupp siempre me llamaba señor Copperfull. En primer lugar, y sin duda alguna, porque no era mi nombre; y en segundo lugar, supongo que por alguna vaga asociación con el dÃa de la colada.[57]
–¿Qué le hace pensar que hay alguna joven de por medio, señora Crupp? –pregunté.
–Señor Copperfull –respondió con convicción–, también yo soy madre.
Durante algún tiempo, la señora Crupp no pudo hacer otra cosa que apoyar su mano en la pechera de nanquÃn y evitar nuevos dolores con algunos traguitos de su medicina.
–Cuando su querida tÃa alquiló estas habitaciones para usted –dijo, finalmente–, di gracias al Cielo por tener alguien a quien cuidar; y recuerdo que lo comenté en voz alta. No come usted bastante, señor; y tampoco bebe.
–¿En eso basa sus suposiciones, señora Crupp? –inquirÃ.