David Copperfield
David Copperfield –Señor –exclamó casi con severidad–, he lavado la ropa de otros caballeros, además de la de usted. Hay jóvenes que se preocupan demasiado por su aspecto y jóvenes muy desaliñados. Pueden peinarse continuamente o con muy poca regularidad. Pueden llevar las botas demasiado grandes o demasiado pequeñas. Depende del carácter de cada uno. Pero, siempre que un joven caballero cae en uno de esos extremos, hay una joven de por medio.
La señora Crupp movió la cabeza con tanta determinación que me sentà acorralado.
–El caballero que murió aquÃ, antes de que llegara usted –señaló–, se enamoró de una camarera y, a pesar de lo hinchado que estaba por la bebida, ordenó que le estrecharan sus chalecos.
–Señora Crupp –protesté–, le ruego que no relacione a la joven en cuestión con una camarera, ni con nada por el estilo, si no le importa.
–Señor Copperfull –respondió ella–, le recuerdo que soy madre; no tiene usted nada que temer. Le pido que me disculpe, señor, si resulto entrometida. No me gustarÃa meterme donde no me llaman. Pero es usted joven, señor Copperfull, y mi consejo es que se anime, que no se descorazone y que sepa usted lo que vale. Si se aficionara a algo, señor –continuó mi casera–, si se aficionara a los bolos, por ejemplo, que es un juego muy sano, tal vez se distrajera y le sentase bien.