David Copperfield

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El aspecto general del barrio trajo forzosamente a mi memoria la época en que vivía con el señor y con la señora Micawber. Esa sensación se acrecentó cuando llegué al edificio de Traddles, gracias al aire indescriptible de marchita elegancia que lo diferenciaba de los demás… aunque todos estaban construidos siguiendo el mismo patrón, y parecían los primeros ensayos de algún torpe muchacho que estuviera aprendiendo a construir casas y no hubiese aprendido aún cómo fijar los ladrillos con el mortero. Coincidí en la puerta con el lechero, y el recuerdo del señor y de la señora Micawber me asaltó con más viveza que nunca.

–Veamos –preguntó el lechero a una criada muy jovencita–. ¿Sabes algo de mi pequeña factura?

–El señor dice que pronto se la pagará –repuso ella.

–Porque esa pequeña factura –exclamó el lechero, como si no hubiera oído su respuesta, y dirigiéndose, según me pareció por su tono, a alguien que estaba dentro de la casa, en lugar de a la joven (impresión que se acentuó cuando vi la furiosa mirada que lanzaba al pasillo)– lleva tanto tiempo dando vueltas por ahí que empiezo a creer que se ha perdido y que jamás volveré a oír hablar de ella. ¡Y no estoy dispuesto a consentirlo! –concluyó a voz en grito, sin dejar de escudriñar el interior.


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