David Copperfield

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¡Y pensar que vendía un producto tan inofensivo como la leche! Su conducta habría resultado violenta incluso en un carnicero o en un comerciante de licores.

La voz de la pobre muchacha se hizo casi inaudible, pero tuve la impresión, por el movimiento de sus labios, de que murmuraba nuevamente que en seguida le pagarían.

–Te diré una cosa –dijo el lechero, mirándola con dureza por primera vez y cogiéndole la barbilla–. ¿Te gusta la leche?

–Sí –replicó.

–Pues mañana no la probarás –aseguró él–. ¿Me oyes bien? Mañana no dejaré ni una gota.

Me dio la sensación de que para la joven era un alivio probarla aquel día. El vendedor, después de mover la cabeza con aire siniestro, le soltó la barbilla y, de muy mala gana, abrió su cántaro y vertió la cantidad habitual de leche en el jarro de la familia. Después se marchó murmurando y, con una voz cargada de odio, anunció su llegada a la casa vecina.

–¿Vive aquí el señor Traddles? –pregunté entonces.

–Sí –respondió una voz misteriosa desde el fondo del pasillo.

Y la criada asintió también.

–¿Se encuentra en casa? –inquirí.


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