David Copperfield

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Cuando llegué arriba –la casa era sólo de dos plantas–, Traddles me esperaba en el rellano. Se mostró encantado de verme y, con gran cordialidad, me invitó a pasar a su pequeño dormitorio. Se hallaba en la parte delantera del edificio, y estaba limpio y reluciente, aunque apenas tenía muebles. Me di cuenta de que era su único cuarto; pues había un sofácama en él, y tenía los cepillos de lustrar el calzado y el betún entre los libros, en el estante más alto, detrás de un diccionario. Su mesa estaba cubierta de papeles y él trabajaba de firme, ataviado con una vieja chaqueta. No creo que mirase nada en particular, pero, mientras me sentaba, lo vi todo, hasta la iglesia dibujada en su tintero de porcelana; y esa capacidad de observación era algo que había adquirido también cuando vivía con los Micawber. Llamaron poderosamente mi atención sus ingeniosos inventos para disimular la cómoda y esconder los zapatos, el espejo para afeitarse, etc…, ya que ponían de manifiesto que seguía siendo el mismo Traddles que antes fabricaba con papel de escribir guaridas de elefante para guardar moscas, y que se consolaba de los malos tratos con las memorables obras de arte que tan a menudo he mencionado.

En un rincón de su dormitorio había un objeto cuidadosamente tapado con una enorme tela blanca. Fui incapaz de adivinar lo que era.


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