David Copperfield
David Copperfield –En efecto –repuso Traddles, frotándose lentamente las manos–, me preparo para ejercer la abogacÃa. El hecho es que, después de un gran retraso, he empezado a cumplir mis plazos. Hace bastante tiempo que firmé el contrato de aprendizaje, pero el desembolso de cien libras ha sido muy duro. ¡Realmente duro! –repitió mi amigo con una mueca de dolor, como si acabaran de arrancarle una muela.
–¿Sabes de lo que no puedo evitar acordarme, Traddles, mientras te miro aquà sentado? –exclamé.
–No.
–De aquel traje azul celeste que solÃas llevar.
–¡Válgame Dios! ¡Es verdad! –dijo riéndose–. ¿Aquel que me oprimÃa brazos y piernas? ¡Ay! Eran tiempos felices, ¿no crees?
–Tengo la impresión de que habrÃan sido mejores –respondÖ, si nuestro director no nos hubiera pegado.
–Es posible –replicó Traddles–. Pero lo cierto es que nos divertÃamos mucho. ¿Recuerdas las noches en el dormitorio? ¿Y las cenas que hacÃamos allÃ? ¿Y las historias que nos contabas? ¡Ja, ja, ja! ¿Te acuerdas cuando me propinaron una paliza por defender al señor Mell? ¡El viejo señor Creakle! ¡Me gustarÃa verlo de nuevo!