David Copperfield
David Copperfield –Se comportó brutalmente contigo, Traddles –exclamé indignado; pues su buen humor me devolvÃa al pasado, y era como si tan sólo la vÃspera hubiera presenciado cómo le golpeaba.
–¿Eso crees? –dijo–. ¿En serio? SÃ, quizá tengas razón. Pero todo eso pasó hace tanto tiempo… ¡El viejo Creakle!
–Un tÃo tuyo se ocupaba entonces de tu educación, ¿no? –inquirÃ.
–En efecto –contestó Traddles–. Aquel al que yo siempre iba a escribir, pero nunca escribÃa. ¿Te acuerdas? ¡Ja, ja, ja! SÃ, en aquella época tenÃa un tÃo. Murió poco tiempo después de que terminara la escuela.
–¿De veras?
–SÃ. Se trataba de un… ¿cómo se llama?… pañero… o, mejor dicho, de un comerciante de telas retirado, que me habÃa nombrado su heredero. Pero dejé de gustarle al crecer.
–¿Hablas en serio? –quise saber.
Lo decÃa con tanta tranquilidad que tal vez estuviera bromeando, pensé.
–¡Claro que sÃ, Copperfield! Hablo muy en serio –repuso Traddles–. Fue una desgracia, pero yo no le gustaba nada. Según él, habÃa defraudado sus expectativas, y se casó con su ama de llaves.
–¿Y qué hiciste entonces? –pregunté.