David Copperfield

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–No me cabe la menor duda –respondí.

–Entretanto –dijo Traddles, volviendo a su silla–, y con esto dejaré de hablar de mí mismo, me las arreglo como puedo. No gano mucho, pero tampoco gasto demasiado. Generalmente como con la familia que vive abajo, una gente realmente amable. Tanto el señor como la señora Micawber saben mucho de la vida, y resultan una compañía excelente.

–¡Mi querido Traddles! –me apresuré a exclamar–. ¿Qué estás diciendo?

Traddles me miró, como si fuera él quien no entendiera mis palabras.

–¡El señor y la señora Micawber! –repetí–. ¡Pero si soy íntimo amigo suyo!

Dos pequeños aldabonazos en la puerta de entrada, que yo conocía muy bien desde mis tiempos de Windsor Terrace, y que no podía haber dado nadie que no fuera el señor Micawber, vinieron a disipar todas mis dudas sobre si se trataba o no de mis viejos amigos. Le pedí a Traddles que llamara a su casero. Así lo hizo, desde lo alto de la escalera; y el mismo señor Micawber de siempre –con sus pantalones ajustados, su bastón, su cuello de camisa y su monóculo– entró en la habitación con aire juvenil y distinguido.


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