David Copperfield
David Copperfield –Disculpe, señor Traddles –dijo el señor Micawber con su peculiar entonación, interrumpiendo la melodÃa que estaba tarareando–. No sabÃa que tuviera usted una persona ajena a la casa en su sanctasanctórum.
El señor Micawber se inclinó ligeramente ante mÃ, y enderezó el cuello de su camisa.
–¿Cómo está, señor Micawber? –pregunté.
–Es usted sumamente amable, caballero. Me encuentro in statu quo.
–¿Y la señora Micawber? –añadÃ.
–Caballero –repuso él–, mi esposa también se encuentra, gracias a Dios, in statu quo.
–¿Y sus hijos, señor Micawber?
–Me alegra poder contestarle que también ellos gozan de buena salud.
Durante todo ese diálogo, el señor Micawber no me habÃa reconocido, a pesar de tenerme enfrente. Pero, de pronto, al verme sonreÃr, examinó mis facciones con más detenimiento.
–¡No es posible! ¡Pero si tengo el placer de volver a contemplar a Copperfield! –exclamó, echándose hacia atrás para verme mejor.
Y me estrechó con fuerza las dos manos.