David Copperfield
David Copperfield –¡Dios mÃo, señor Traddles! –prosiguió el señor Micawber–. ¡Pensar que conoce usted al amigo de mi juventud, al compañero de mis viejos tiempos! ¡Querida! –gritó por encima de la barandilla a la señora Micawber, mientras Traddles parecÃa no salir de su asombro (con toda la razón) por el modo en que me describÃa–. ¡Hay un caballero en la habitación del señor Traddles que desea tener el placer de conocerte, mi amor!
El señor Micawber se apresuró a entrar de nuevo en el dormitorio y volvió a estrecharme la mano.
–¿Y cómo está nuestro buen amigo el doctor, Copperfield? –inquirió el señor Micawber–. ¿Y la gente de Canterbury?
–No tengo más que buenas noticias de ellos –repliqué.
–Me alegro muchÃsimo –aseguró el señor Micawber–. Fue allà donde nos vimos por última vez. Bajo la sombra, por decirlo en sentido figurado, de aquel sagrado edificio que inmortalizó Chaucer, al que antaño acudÃan los peregrinos desde los lugares más lejanos… en una palabra, en las inmediaciones de la catedral.
–En efecto –respondÃ.