David Copperfield
David Copperfield El señor Micawber siguió hablando con toda la volubilidad de la que era capaz; pero su rostro reflejaba cierta alarma ante los ruidos que se oían en la habitación contigua, donde la señora Micawber parecía lavarse las manos, y abrir y cerrar precipitadamente unos cajones que no se deslizaban con la suavidad deseable.
–Nos encuentra usted, Copperfield –prosiguió el señor Micawber, con un ojo puesto en Traddles–, en lo que podría denominarse una situación modesta y sin pretensiones; pero usted sabe que, a lo largo de mi carrera, he superado muchas dificultades y he vencido toda clase de obstáculos. Tampoco desconoce el hecho de que han existido períodos en mi vida en los que me he visto obligado a esperar hasta que surgiera algo; o en los que ha sido necesario echarme hacia atrás para dar lo que yo llamaría…, y espero no ser tachado de vanidoso, un salto. En la actualidad, estoy en uno de esos momentos decisivos en la vida de un hombre. He retrocedido para coger impulso; y tengo poderosos motivos para creer que no tardaré en dar un vigoroso salto.
Estaba empezando a expresarle mi satisfacción cuando entró la señora Micawber; su aspecto era un poco más desaliñado de lo habitual (o al menos eso me pareció), aunque no hay duda de que se había arreglado para venir a vernos, e incluso llevaba unos guantes marrones.