David Copperfield

David Copperfield

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–Querida –dijo el señor Micawber, guiándola hasta mí–. Aquí hay un caballero llamado Copperfield que desea reanudar su amistad contigo.

Habría sido preferible, como se puso de manifiesto, que la hubiera preparado un poco para semejante noticia; pues la señora Micawber, cuyo estado de salud era bastante delicado, sufrió una impresión tan fuerte que su marido se vio obligado a bajar corriendo al patio trasero, con gran agitación, a fin de llenar una jofaina de agua para refrescarle la frente. No tardó en reponerse, sin embargo, y se alegró sobremanera de verme. Conversamos todos juntos durante media hora; y yo les pregunté por los gemelos, que, según la señora Micawber, habían crecido mucho; y por el señorito y por la señorita Micawber, a los que describió como «verdaderos gigantes», pero a los que no vi en aquella ocasión.

El señor Micawber estaba deseoso de que me quedara a cenar. Yo no habría tenido ningún inconveniente en hacerlo; pero creí advertir cierta inquietud en la mirada de su mujer, a la que imaginé calculando la cantidad de carne que había en la despensa. Por ese motivo, declaré que tenía otro compromiso; y, al percatarme de que la señora Micawber parecía aliviada, hice caso omiso de sus ruegos.


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