David Copperfield
David Copperfield Supongo (jamás me atreví a preguntárselo, pero lo supongo) que, después de freír los lenguados, la señora Crupp se sintió indispuesta, porque, a partir de ese momento, las cosas se torcieron. La pierna de cordero llegó muy roja por dentro y muy pálida por fuera; y, además, salpicada de una extraña sustancia de textura arenosa, como si hubiera caído en las cenizas de la famosa cocina. Pero el jugo del asado no nos permitió aclarar este hecho, pues la muchacha lo había derramado en su totalidad por la escalera… donde siguió, dicho sea de paso, hasta que el tiempo borró sus huellas. El pastel de pichón no estaba malo, pero era bastante engañoso: su corteza parecía una de esas cabezas decepcionantes, desde el punto de vista frenológico, llenas de abolladuras y de protuberancias, y sin nada especial en su interior. En pocas palabras, el banquete fue un fracaso tan grande que me habría sentido muy desdichado (por el fracaso, quiero decir, ya que siempre me sentía desdichado por Dora) de no haber sido por el buen humor de los comensales y por una brillante sugerencia del señor Micawber.