David Copperfield
David Copperfield Para alejar sus pensamientos de tan triste asunto, le dije que contaba con él para que preparase el ponche, y lo llevé hasta donde estaban los limones. Su abatimiento, por no decir su desesperación, se desvanecieron en un instante. Jamás he visto a un hombre tan feliz como el señor Micawber aquella tarde entre el aroma de la peladura de limón y del azúcar, el flamear del ron y el vapor del agua hirviendo. Era maravilloso ver su rostro resplandeciente en medio de la tenue nube que formaban aquellos exquisitos efluvios, mientras removía, mezclaba y paladeaba, como si estuviera haciendo, no un ponche, sino la fortuna que disfrutaría su familia durante generaciones y generaciones. En cuanto a la señora Micawber, no sé si fue el efecto de la cofia, del agua de lavanda, de los alfileres, del fuego o de las velas, pero salió de mi habitación (hablando en términos relativos) incluso hermosa. Y nunca ha habido una alondra más alegre que aquella excelente mujer.