David Copperfield

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Entre la novedad de cocinar así, lo delicioso del resultado, el bullicio que conllevaba, las idas y venidas para vigilar la parrilla y comer las tajadas a medida que salían del fuego, y el hecho de estar tan ajetreados, divertidos y acalorados en medio de aquellos tentadores efluvios, puede decirse que no quedó de la pierna más que el hueso. Mi apetito volvió milagrosamente. Me avergüenza confesarlo, pero creo realmente que me olvidé de Dora durante unos minutos. El señor y la señora Micawber disfrutaron tanto del festín como si hubieran tenido que vender una cama para pagarlo. Traddles se reía sin parar, con el mismo entusiasmo con que comía o trabajaba. Todos seguíamos su ejemplo; casi me atrevería a afirmar que jamás se ha celebrado una cena mejor.

Cuando estábamos en el súmmum de la diversión, concentrado cada uno en su tarea, intentando convertir la última hornada de cordero en la guinda de la feliz fiesta, advertí la presencia de una persona extraña en la estancia; y mis ojos se encontraron con los del respetable Littimer, sombrero en mano, de pie ante mí.

–¿Qué ocurre? –exclamé sin querer.

–Disculpe, señor; me indicaron que entrase. ¿No está aquí mi amo, señor?

–No.

–¿Le ha visto usted, señor?

–No; ¿acaso le ha enviado él?

–A decir verdad, no, señor.


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