David Copperfield
David Copperfield Luego elogió calurosamente a Traddles. Afirmó que el carácter de éste era un compendio de sólidas virtudes de las que él (el señor Micawber) no podía vanagloriarse, aunque daba gracias al Cielo por ser capaz de admirarlas. Se refirió con honda emoción a la dama desconocida a la que Traddles había entregado el corazón, y que, a su vez, honraba y bendecía al joven, correspondiéndole con su amor. El señor Micawber brindó por ella. Yo le imité. Traddles nos dio las gracias, diciendo con una sencillez y una franqueza que me cautivaron:
–No saben cuánto se lo agradezco, de veras. ¡Les aseguro que no puede ser una joven más dulce!
El señor Micawber aprovechó la ocasión para aludir, con la máxima delicadeza y cortesía, al estado de mi corazón. Sólo podría renunciar a la convicción de que su amigo Copperfield amaba y era amado, señaló, si éste afirmaba rotundamente lo contrario. Después de unos instantes de malestar y confusión, y de no pocos rubores, balbuceos y negativas, acabé exclamando con el vaso en la mano:
–Pues bien, ¡a la salud de D.!
El señor Micawber se sintió tan emocionado y complacido que echó a correr hacia mi habitación con un vaso de ponche, a fin de que la señora Micawber pudiera beber por D., lo que ella hizo con enorme entusiasmo.