David Copperfield
David Copperfield –¡Bravo! ¡Bravo! Mi querido señor Copperfield, ¡qué alegrÃa tan grande! ¡Bravo! –gritó desde el cuarto contiguo con voz penetrante, mientras daba golpecitos en la pared a modo de aplausos.
Nuestra conversación se volvió entonces más mundana; el señor Micawber nos contó que se sentÃa incómodo en Camden Town y que, cuando sus anuncios surtieran efecto, lo primero que harÃa serÃa cambiar de domicilio. Habló de una hilera de casas al oeste de Oxford Street, enfrente de Hyde Park, a las que tenÃa echado el ojo desde hacÃa mucho tiempo; aunque no esperaba ocupar una de ellas en seguida, pues exigirÃa demasiada servidumbre. HabrÃa probablemente un intervalo, explicó, en el que se contentarÃa con la parte superior de una casa, encima de un comercio respetable… por ejemplo, en Piccadilly, un barrio muy agradable para la señora Micawber; y donde podrÃan residir con comodidad y decoro algunos años, después de abrir un ventanal, levantar un piso más, o realizar alguna pequeña reforma por el estilo. Nos dijo de modo expreso que fuera lo que fuera lo que le deparase el destino, o dondequiera que viviese, siempre tendrÃa una habitación para Traddles y un cuchillo y un tenedor para mÃ. Le dimos las gracias por su bondad, y él nos pidió que le perdonáramos por haberse extendido en unos asuntos tan prosaicos, algo natural en un hombre que estaba a punto de cambiar de vida.