David Copperfield
David Copperfield Entre las diez y las once, la señora Micawber se levantó para envolver su cofia en el papel color crema y ponerse el sombrero. El señor Micawber aprovechó el momento en que Traddles se ponÃa el abrigo para deslizar una carta en mi mano, susurrándome que la leyera cuando tuviese tiempo. Mientras sostenÃa una vela por encima de la barandilla, a fin de iluminar las escaleras, esperé, por mi parte, a que el señor Micawber fuera en cabeza, guiando a su esposa, para retener un momento a Traddles (que les seguÃa con la cofia) en lo alto de la escalera.
–Traddles –dije–, el señor Micawber no tiene malas intenciones, pobre hombre; pero, si estuviera en tu lugar, no le prestarÃa nada.
–Mi querido Copperfield –respondió mi amigo, sonriendo–, no tengo nada que prestarle.
–¿Acaso no tienes un nombre?
–¡Oh! ¿Y a eso lo llamas algo que prestar? –inquirió, con aire pensativo.
–Desde luego.
–¡Oh! –exclamó Traddles–. ¡Naturalmente que sÃ! Te lo agradezco mucho, Copperfield; pero… mucho me temo que ya lo he hecho.
–¿Para la letra de cambio que será una inversión segura? –pregunté.