David Copperfield

David Copperfield

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Le dije que sí; y él se puso el abrigo, encendió un puro y se preparó para ir a Highgate a pie. Al ver sus intenciones, me puse también el abrigo (pero no encendí un puro, pues había quedado escarmentado por algún tiempo) y le acompañé hasta la carretera, desierta a aquellas horas. Steerforth pareció muy animado durante el trayecto y, cuando nos despedimos, y le vi alejarse con aire intrépido y satisfecho, me acordé de sus palabras: «¡Saltar por encima de los obstáculos y ganar!». Y deseé, por primera vez, que hubiera emprendido una buena carrera.

Me estaba desvistiendo en mi dormitorio cuando la carta del señor Micawber cayó al suelo, lo que me recordó su existencia. De modo que rompí el sello y la leí. La había escrito una hora y media antes de la cena. No sé si he mencionado antes que, cuando el señor Micawber atravesaba una crisis especialmente desesperada, empleaba una especie de fraseología legal, que parecía considerar equivalente a liquidar sus asuntos.

Señor… pues no me atrevo a escribir mi querido Copperfield:

Conviene que le comunique que el abajo firmante se encuentra Aniquilado. Tal vez hoy haya podido observar en él algunos débiles esfuerzos para ahorrarle el descubrimiento prematuro de su calamitosa situación; pero la esperanza se ha desvanecido en el horizonte, y el abajo firmante se encuentra Aniquilado.


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