David Copperfield

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Durante todo el día, fue como si llenara la casa con su presencia. Si hablábamos en la habitación de Steerforth, oía el frufrú de su vestido en la pequeña galería exterior. Si nos entregábamos a uno de nuestros antiguos juegos en el césped de la parte posterior de la casa, veía pasar su rostro de una ventana a otra, como una luz errabunda, hasta que se detenía en una de ellas para contemplarnos. Cuando los cuatro salimos a dar un paseo por la tarde, su delgada mano se aferró a mi brazo como una tenaza, con el fin de retenerme hasta que Steerforth y su madre estuvieran lejos del alcance de nuestras voces.

–Ha estado mucho tiempo sin venir a Highgate –señaló entonces–. ¿Acaso su profesión resulta tan sugestiva e interesante como para absorber toda su atención? Se lo pregunto porque me gusta enterarme de las cosas que no sé. ¿Es realmente así?

Le contesté que era un trabajo que me gustaba, pero que no podía decir que me cautivara hasta tal punto.

–¡Oh! Me alegro de saberlo, porque me agrada que me corrijan cuando me equivoco –declaró Rosa Dartle–. ¿Quiere decir, tal vez, que es un poco árido?

Le respondí que sí, que tal fuera un poco árido.


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