David Copperfield
David Copperfield La señora Steerforth y Rosa Dartle se alegraron de verme. Me sorprendió agradablemente que Littimer no estuviera allí, y que nos sirviese una tímida doncella, con cintas azules en la cofia; era mucho más placentero y menos desconcertante tropezarse con la mirada de la joven que con la de aquel hombre tan respetable. Pero en lo que más me fijé, cuando no llevaba ni media hora en la casa, fue en la atención con que la señorita Dartle me observaba; y en cómo comparaba mi rostro con el de Steerforth, y el de éste con el mío, como si esperase que pasara algo entre los dos. Siempre que la miraba, veía su expresión inquieta y sus ojos severos, oscuros y penetrantes clavados en mí; o volverse rápidamente hacia Steerforth; o examinarnos al mismo tiempo a los dos. Y lejos de dejar de acecharnos, al percibir que yo me había dado cuenta, tuve la impresión, por el contrario, de que su mirada se hacía más inquisitiva. A pesar de que me sentía inocente de todo cuanto pudiera sospechar de mí, era incapaz de sostener el insaciable fulgor de aquellos extraños ojos.