David Copperfield
David Copperfield Los que realizábamos nuestro aprendizaje en los Commons, como embriones del orden patricio de los procuradores, éramos tratados con tanta consideración que casi podría decirse que yo era mi propio jefe. Sin embargo, como no tenía intención de llegar a Highgate antes de la una o de las dos de la tarde, y debíamos juzgar otro pequeño caso de excomunión, conocido como «Diligencias judiciales promovidas por Tipkins contra Bullock para la enmienda de su alma», pasé un par de horas muy entretenidas en el tribunal, en compañía del señor Spenlow. Se trataba de una disputa entre dos sacristanes, uno de los cuales estaba acusado de empujar a su compañero contra una bomba de agua; y como el manubrio de ésta tocaba la pared de una escuela construida bajo el tejado de la iglesia, la embestida se había convertido en un delito eclesiástico. Era un caso divertido; y, mientras me dirigía a Highgate en el interior de la diligencia, seguí pensando en los Commons y en las palabras del señor Spenlow sobre lo peligroso que sería para el país «tocarlos».