David Copperfield
David Copperfield –No es cierto –repuse, algo turbado– que yo sea responsable de la larga ausencia de Steerforth… algo que desconocÃa hasta este momento y que sólo deduzco de sus palabras. Hasta ayer por la noche, cuando apareció en casa, llevaba mucho tiempo sin tener noticias de él.
–¿De veras?
–De veras, señorita Dartle.
Mientras me miraba de frente, vi cómo su rostro se afilaba y palidecÃa; y la cicatriz de la vieja herida pareció extenderse hasta atravesar su labio desfigurado y hendirse en la parte inferior de la cara. Aquello me produjo un gran desasosiego, asà como la expresión febril de sus ojos cuando me preguntó sin quitarme la vista de encima:
–¿Qué hace entonces?
Me quedé tan asombrado que no pude sino repetir sus palabras, más para mà mismo que para que ella me oyera.
–SÃ, ¿qué hace? –exclamó, con una pasión que parecÃa consumirla como un fuego–. ¿A qué le está ayudando ese hombre que jamás me mira sin que yo vea reflejada en sus ojos una falsedad inescrutable? Si es usted honrado y leal, no le pido que traicione a su amigo. DÃgame únicamente si es la ira, el odio, el orgullo, la inquietud, algún extraño capricho o el amor… ¿qué le induce a actuar asÃ?