David Copperfield
David Copperfield –Señorita Dartle –contesté–, ¿cómo podrÃa convencerla de que sé exactamente lo mismo de Steerforth que la primera vez que vine aquÃ? Le aseguro que no advierto el menor cambio en él. Creo sinceramente que no le ocurre nada. Ni siquiera sé a qué se refiere usted.
Y, sin que dejara de mirarme, percibà en aquella marca cruel una especie de contracción o de temblor (que fui incapaz de separar de la idea de sufrimiento); y las comisuras de sus labios dibujaron una sonrisa de desprecio o de desdeñosa conmiseración. Se tapó, apresuradamente, la boca con la mano… esa mano tan fina y delicada que yo, en mis pensamientos, habÃa comparado con una fina porcelana la primera vez que la vi interponerse entre el fuego y su cara. Y, después de decirme con una brusquedad feroz y apasionada: «Júreme que no dirá nada de esto», guardó silencio.