David Copperfield
David Copperfield La señora Steerforth se sentÃa especialmente feliz en compañÃa de su hijo, y, en aquella ocasión, éste se mostró de lo más atento y respetuoso con ella. Me agradó mucho verlos juntos, no sólo por el cariño que se profesaban y por el enorme parecido que existÃa entre ellos, sino también por el modo en que la edad y sexo de la madre habÃan suavizado la altivez e impetuosidad del hijo, convirtiéndolas en una graciosa dignidad. Más de una vez pensé que era una suerte que no hubiera surgido un motivo de discordia entre ambos; pues esas dos naturalezas –o más bien esos dos aspectos de la misma naturaleza– podrÃan haber resultado más difÃciles de reconciliar que los dos temperamentos más opuestos de la creación. He de confesar que esa idea no se me habÃa ocurrido a mÃ; Rosa Dartle habÃa hecho el siguiente comentario al respecto durante una cena:
–¡Oh! Quizá alguien puede aclararme una cosa que llevo pensando todo el dÃa, y que me agradarÃa saber.
–¿De qué se trata, Rosa? –preguntó la señora Steerforth–. Te lo ruego, no seas tan misteriosa.
–¡Misteriosa! –exclamó–. ¿Me encuentra misteriosa? ¿De veras?
–Siempre te pido –contestó la señora Steerforth– que digas las cosas claramente, de un modo natural.