David Copperfield
David Copperfield –¡Oh! ¿Entonces mi forma de hablar no resulta natural? Debe tener paciencia conmigo… sólo lo hago para enterarme de algo nuevo. Nunca nos conocemos a nosotros mismos.
–Se ha convertido en una segunda naturaleza en ti –señaló la señora Steerforth, sin la menor irritación–. Pero recuerdo (al igual que tú, supongo) los tiempos en que eras muy distinta, Rosa; cuando eras menos cauta y más confiada.
–Estoy segura de que tiene razón –respondió–; ¡es increÃble cómo prenden en uno los malos hábitos! ¿Verdad? ¿Asà que menos cauta y más confiada? Me gustarÃa saber cómo he podido cambiar tanto sin darme cuenta… ¡Qué extraño! Tendré que esforzarme para volver a ser la de antes.
–Me encantarÃa –dijo la señora Steerforth, sonriendo.
–¡Estoy decidida! –afirmó ella–. Primero aprenderé un poco de franqueza de… veamos de quién… ¡de James!
–No podrÃas aprenderla en mejor escuela, Rosa –se apresuró a señalar la señora Steerforth, pues siempre habÃa un dejo de sarcasmo en las palabras de Rosa, aunque ella no fuera consciente, como en aquella ocasión.