David Copperfield
David Copperfield –Lo sé –exclamó, con inusitado fervor–. Si hay algo de lo que estoy convencida es, por supuesto, de eso.
Me dio la sensación de que la señora Steerforth lamentaba haberse enojado un poco, pues no tardó en añadir en tono cariñoso:
–Y bien, mi querida Rosa, todavÃa no nos has dicho lo que querÃas averiguar.
–¿Lo que querÃa averiguar? –repitió, con una calma exasperante–. ¡Oh! Únicamente si las personas de constitución moral muy parecida… ¿es correcta esa expresión?
–Tan buena como cualquier otra –declaró Steerforth.
–¡Gracias! Si las personas de constitución moral muy parecida corren peligro de que su resentimiento sea mayor y más profundo cuando existe entre ellas alguna diferencia.
–Yo dirÃa que sà –dijo Steerforth.
–¿En serio? –exclamó ella–. ¡Dios mÃo! Imaginemos entonces, por ejemplo… y cualquier suposición absurda servirá… que tu madre y tú tuvierais una disputa…
–Mi querida Rosa –interrumpió la señora Steerforth, riendo alegremente–, será mejor que recurras a otro ejemplo. James y yo, gracias a Dios, conocemos bien los deberes que tenemos el uno con el otro.