David Copperfield
David Copperfield –¡Oh! –dijo la señorita Dartle, moviendo la cabeza pensativa–. Es cierto. ¿Y eso lo impedirÃa? Por supuesto que sÃ. Na-tu-ral-men-te. Me alegro de haber sido tan necia como para preguntarlo; me tranquiliza saber que los deberes que tienen el uno con el otro lo impedirÃan. ¡MuchÃsimas gracias!
No debo omitir otro pequeño detalle relacionado con la señorita Dartle; pues tuve que recordarlo más tarde, cuando el irremediable pasado salió a la luz. Durante todo el dÃa, y especialmente a partir de ese momento, Steerforth desplegó todo su encanto, con la mayor naturalidad, para seducir a esa extraña criatura y convertirla en una compañera amable y sonriente. No me sorprendió que lo consiguiera. Tampoco me sorprendió que ella se resistiera a la fascinante influencia de su arte exquisito (que yo entonces creÃa su naturaleza exquisita), porque sabÃa que Rosa Dartle era a veces rencorosa y malvada. Pero vi cómo su fisonomÃa y sus modales cambiaban poco a poco. Me di cuenta de que miraba a Steerforth con una admiración creciente; luchando –cada vez con menos energÃa, aunque siempre con rabia– contra su propia debilidad, que la empujaba a caer en las redes del joven. Finalmente, su mirada se dulcificó y su sonrisa se volvió sumamente amable; y el temor que me habÃa inspirado durante todo del dÃa desapareció. Y nos sentamos junto al fuego, hablando y riendo juntos, con la misma espontaneidad que si hubiéramos sido niños.