David Copperfield
David Copperfield No sé si fue porque llevábamos allà mucho tiempo, o porque Steerforth estaba decidido a no perder la ventaja conseguida, pero lo cierto es que no nos quedamos en el comedor más de cinco minutos después de que ella nos dejara.
–Está tocando el arpa –susurró Steerforth, en la puerta de la sala–. En los últimos tres años, creo que sólo mi madre se la ha oÃdo tocar.
Lo dijo con una extraña sonrisa, que no tardó en borrarse de su rostro; y entramos en la estancia, donde la señorita Dartle se encontraba sola.
–¡No te levantes! –le rogó Steerforth (cosa que ella ya habÃa hecho)–. ¡Por favor, mi querida Rosa! Sé amable por una vez y cántanos una canción irlandesa.
–¡Cómo si te interesaran las canciones irlandesas! –contestó ella.
–¡Me interesan mucho! –exclamó mi amigo–. Son mis favoritas. Y además está Daisy, que es un enamorado de la música. ¡Cántanos una balada irlandesa, Rosa! Y deja que me siente y te escuche como en los viejos tiempos.