David Copperfield

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Sin tocar a Rosa, o la silla de la que ésta se había levantado, Steerforth tomó asiento junto al arpa. Ella se quedó en pie durante unos instantes, al lado del instrumento, tocando las cuerdas con la mano derecha sin hacerlas vibrar. Finalmente se sentó, lo agarró con un movimiento brusco, y empezó a tocar y a cantar.

No sé lo que había en su voz o en sus manos, pero jamás he oído, o he podido siquiera imaginar, una melodía más misteriosa. Había algo sobrecogedor en ella. Era como si nunca se hubiera escrito o nadie hubiera compuesto su música, y brotase de la pasión que ardía dentro de la señorita Dartle; que se expresaba de manera imperfecta en los sonidos graves de su voz, y que parecía apagarse cuando volvía el silencio. Seguí mudo mientras ella se apoyaba de nuevo en el arpa y volvía a tocar las cuerdas con la mano derecha sin hacerlas vibrar.

Unos instantes después, ocurrió algo que me sacó de mi ensimismamiento: Steerforth, que se había puesto en pie y se había acercado a ella, la abrazó riendo.

–¡Vamos, Rosa! –exclamó–. ¡A partir de ahora seremos grandes amigos!

Ella le dio una bofetada y, empujándolo con la furia de un gato salvaje, salió corriendo de la estancia.

–¿Qué le ocurre a Rosa? –preguntó la señora Steerforth, entrando en la sala.


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