David Copperfield
David Copperfield –Ha sido un verdadero ángel durante un rato, madre –respondió Steerforth–; pero luego se ha pasado, para compensar, al otro extremo.
–DeberÃas tener cuidado con ella, James. Recuerda que se le ha agriado el carácter y no conviene contrariarla.
Rosa no regresó; y tampoco se volvió a hablar de ella hasta que entré con Steerforth en su dormitorio para darle las buenas noches. Entonces se burló de ella, y me preguntó si habÃa conocido alguna vez a una criatura tan violenta e incomprensible.
Le expresé lo mejor que pude mi asombro, y le pregunté si era capaz de decirme por qué Rosa se habÃa ofendido de esa manera tan inesperadamente.
–¡Sabe Dios! –replicó Steerforth–. Por cualquier cosa… o por nada. Ya te dije que tenÃa que sacarle punta a todo, incluso a sà misma. Es una de esas herramientas de afilar que han de manejarse con sumo cuidado. Siempre resulta peligrosa. ¡Buenas noches!
–¡Buenas noches, mi querido Steerforth! –contesté–. Me iré mañana muy temprano, antes de que te despiertes. ¡Buenas noches!
Apoyó las manos en mis hombros, igual que la noche anterior en mi apartamento, como si se resistiera a dejarme marchar.