David Copperfield
David Copperfield –Daisy –dijo, sonriendo–, pues, aunque no sea el nombre elegido por tus padrinos, es el que prefiero darte… y ¡ojalá que tú pudieras llamarme asÃ!
–Nada me lo impedirá si decido hacerlo –exclamé.
–Daisy, si algo llegara a separarnos, tienes que recordar lo mejor de mÃ. ¡Vamos! Hagamos ese trato. Prométeme que, si alguna vez las circunstancias nos separan, sólo te acordarás de lo mejor de mÃ.
–Para mà no tienes cosas malas y cosas buenas, Steerforth –repuse–. Siempre te quiero y te querré igual.
Estaba tan arrepentido de haber dudado de él, aunque sólo fuera en el fondo de mi alma, que estuve a punto de confesárselo. Y, de no haber sido por el rechazo que me inspiraba traicionar la confianza de Agnes y por el temor de comprometerla si abordaba la cuestión, lo habrÃa hecho antes de que él dijera:
–¡Dios te bendiga, Daisy! ¡Buenas noches!
Indeciso, guardé silencio; y nos estrechamos la mano, antes de despedirnos.
Me levanté al rayar el alba y, después de vestirme en silencio, entré en su habitación. Se hallaba profundamente dormido, descansando plácidamente con la cabeza apoyada en el brazo, como le habÃa visto dormir tantas veces en el internado.