David Copperfield
David Copperfield –Por ese motivo –continuó el señor Omer–, Emily sigue algo nerviosa y abatida; tal vez un poco más que antes. Cada dÃa parece sentirse más unida a su tÃo y lamentar más abandonarnos. Basta una palabra cariñosa por mi parte para que las lágrimas asomen a sus ojos; y, si pudiera usted verla con la niña de Minnie, jamás lo olvidarÃa. ¡Bendito sea Dios! –exclamó, pensativo–. ¡Cuánto quiere a esa pequeña!
Me pareció una buena ocasión para preguntarle al señor Omer, antes de que Minnie y su marido interrumpieran nuestra conversación, si tenÃa alguna noticia de Martha.
–¡Ah! –respondió, moviendo la cabeza y con expresión muy afligida–. Nada bueno. Es una triste historia, señor, se mire como se mire. Nunca pensé que hubiera nada malo en aquella muchacha. No me gustarÃa hablar de este asunto delante de mi hija Minnie… seguro que se enfadarÃa… pero lo cierto es que jamás imaginé algo asÃ. Ni yo, ni ninguno de nosotros…
El señor Omer oyó los pasos de su hija antes que yo y, dándome un golpecito con su pipa, me guiñó un ojo a modo de advertencia. Minnie y su marido entraron en seguida.