David Copperfield
David Copperfield Cuando acabé de leer, el señor Peggotty siguió mirándome en silencio durante un buen rato. Finalmente, me arriesgué a coger su mano y le supliqué, lo mejor que pude, que procurase serenarse un poco. Me respondió: «Gracias, señor, gracias», sin hacer el menor movimiento.
Ham le habló. El señor Peggotty comprendió tan bien su dolor que le estrechó con fuerza la mano; pero, aparte de eso, continuó en el mismo estado, y nadie se atrevió a molestarlo.
Por último, apartó sus ojos de mí, como si despertara de un sueño, y miró a un lado y a otro.
–¿Quién es él? ¡Quiero saber su nombre! –dijo en voz baja.
Ham me lanzó una mirada, y sentí como si súbitamente me dieran un golpe que me obligase a retroceder.
–Seguro que hay algún sospechoso –exclamó el señor Peggotty–. ¿Quién es?
–¡Señorito Davy! –me suplicó Ham–. Salga un momento, y deje que diga a mi tío lo que le tengo que decir. Usted no debería oírlo, señor.
Volví a estremecerme. Me derrumbé en una silla e intenté articular alguna respuesta; pero tenía la lengua paralizada y se me había nublado la vista.
–¡Quiero saber su nombre! –le oí repetir.