David Copperfield

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–No, no –gritó la señora Gummidge, poniéndose en medio mientras lloraba a lágrima viva–. No, no, Daniel; no se vaya en ese estado. Espere un poco, mi pobre Daniel, tan solo y tan desamparado… será mucho mejor; pero no se vaya en ese estado. Siéntese y perdone todas las molestias que le he causado, Daniel… ¡Qué son mis contrariedades comparadas con esto! Hablemos de los tiempos en que se quedó huérfana, y Ham también, y yo era una pobre viuda, y usted me acogió. Será un consuelo para su pobre corazón, Daniel –exclamó, apoyando la cabeza en el hombro del señor Peggotty–, y le ayudará a sobrellevar su desgracia; pues ya conoce la promesa, Daniel: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis»[64] y tiene que ser cierta bajo este techo que nos ha amparado durante tantos y tantos años.

El señor Peggotty se quedó inmóvil; y, cuando le oí llorar, el impulso que había tenido de arrodillarme, maldecir a Steerforth, y pedirle perdón por el dolor que había traído a su hogar, dio paso a un sentimiento mejor. Mi corazón abrumado encontró el mismo alivio que el suyo, y estallé también en llanto.




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